MOVIMIENTO ESPONTÁNEO DEL ALMA

9 diciembre, 2012 Compartir: |

Hace ya bastante tiempo, en la oscuridad mágica de una sala de cine, me cautivó una película que versaba sobre el poeta más famoso de Chile, y acaso de Latinoamérica, y la relación de amistad que mantenía con un anónimo y entrañable cartero. Il Postino fue como una brisa de renovación para el cine. Y recuerdo que me llamó la atención un nombre que aparecía en pantalla intercalado entre los nombres del director Michael Radford y de los actores Philippe Noiret, Massimo Troisi y la bella María Grazia Cucinotta. A ese nombre se le atribuía la autoría de una novela, Ardiente paciencia, luego rebautizada El cartero de Neruda, en la que el filme se basó. Se trataba de Antonio Skármeta. Quise averiguar más sobre él. Chileno, descendiente de croatas, recibido en filosofía, intelectual de izquierda, escritor multipremiado, ferviente defensor del movimiento de Salvador Allende, exiliado en Buenos Aires –donde ya había vivido durante su niñez–, y luego obligado a marcharse a Alemania, donde años más tarde, bajo el gobierno de Ricardo Lagos, se desempeñaría como Embajador de Chile. Pero todos estos datos me parecían secundarios ante la imagen de ese hombre que asomaba con una amplísima sonrisa en las solapas de sus libros. Era esa sonrisa que traspasaba la fotografía lo que más me maravillaba. No podía imaginar, aún, que los privilegios de mi profesión me llevarían a entrevistarlo, en una soleada tarde de otoño en Buenos Aires, y que conocería, personalmente, esa sonrisa enorme, casi su marca registrada. Y allí estaba yo, sentada a su lado, ya con varios libros de él leídos, incluyendo el último que vino a presentar al país, Los días del Arcoíris, que mereció el premio iberoamericano de narrativa Planeta-Casamérica 2011, por lo que estaba en condiciones de preguntarle acerca de un rasgo que define a toda su literatura: la alegría, el dichoso estado de ánimo del que se desprende esa sonrisa. ¿Es una cualidad innata o la alegría es un estímulo por el que hay que luchar, trabajar para conseguirla? Antonio ríe. Y responde: “Es algo innato, Mariana, es un movimiento espontáneo del alma que contagia a todas las actividades en las cuales estás implicado. Recuerdo unos versos de Pablo Neruda, de Cien sonetos de amor, que le dedica a Matilde, que dicen… –Skármeta contrae apenas su sonrisa en busca de concentración, se toma un segundo, respira hondo, y recita–: ‘Si muero sobrevíveme con tanta fuerza pura / que despiertes la furia del pálido y del frío / No quiero que vacilen tu risa ni tus pasos / no quiero que se muera mi herencia de alegría’”. Skármeta calla, porque ante la narración de un poema perfecto sólo puede sobrevenir un instante de silencio, un momento de reflexión. Y luego prosigue: “Es muy lindo, porque los artistas, incluso aquellos que han pasado varias penurias, quieren dejar una herencia de alegría a sus espectadores, a sus lectores”. Pablo Neruda vive en los libros de Skármeta. Es una presencia en cuerpo y alma, constante y poderosa. Creo que antes de que le preguntara qué tan importante fue Neruda en su vida, Skármeta ya estaba buscando las metáforas más aproximadas para describir al gran poeta de Chile: “Como la Cordillera de Los Andes, la selva del Mato Grosso o el Río de la Palata… así es Neruda. Es un fenómeno natural, un paisaje del territorio latinoamericano, una presencia arraigada de la imaginación y del afecto de la gente”. Los días del Arcoíris trata sobre el plebiscito chileno de 1988 que posibilitó el regreso de la democracia. El tono del libro es alegre, feliz, radiante, lleno de colores vivaces, como los aludidos por el título. Tengo la sensación de que Skármeta escribe con una sonrisa permanente en sus labios y que esa sonrisa se vuelca, incontenible, a sus páginas. Hay un dato más de su biografía que no quiero soslayar: Skármeta fue un gran conductor de televisión. El Show de los libros se llamó uno de los programas más felices que supo emitir la televisión chilena. Así lo recuerda el propio autor: “Para mí fue muy importante hacer un programa de esas carácterísticas: informal, con humor, con gran movimiento y una estética muy comunicativa. Me había propuesto darle visibilidad al mundo de los libros, para que los telespectadores, que habitualmente leen poco, pudieran contagiarse de mi pasión”. Cuando habla de pasión, Skármeta se refiere a la alegría de leer. “La alegría y también la ironía, Mariana –me dirá– son modos comunicativos de no tomarse tan en serio, ni a uno mismo ni a la literatura. Así, evitamos la pedantería y la pomposidad, cosas que ahuyentan a la gente de los libros, en vez de acercarla”. Ciudadano del mundo, Skármeta guarda un vívido recuerdo de sus años transcurridos en Buenos Aires. “Aquí viví tres años, los años más cruciales, los de la infancia –cuenta, con la mirada perdida en ese pasado remoto que ahora se encarga de recuperar–; llevé una vida de barrio, en Belgrano, en la calle Mendoza; jugué al fútbol; me hice adicto al tango; había unos chicos que vivían en una pensión, que venían de Santiago del Estero y que cantaban chacareras; leía Patoruzú, Rico Tipo, la sexta de la Razón; veía los partidos de River, en Nuñez; comía alfajores y lamentablemente demasiado chocolates que contribuyeron a aportarme las calorías que hoy exhibo con tanta generosidad”. Tras haberse sometido a la máquina del tiempo, cruzar al ayer y caminar sobre sus propias huellas, Skármeta se sorprende riendo estruendosamente, una carcajada de niño que trajo de regreso de su viaje al pasado, como quien en la vigilia encuentra en sus manos el objeto con el que soñó. Un regalo que me ofrece con generosidad. Y alegría.

Autor: Ariel Cuch y Mariana Arias

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