Sabía que mi trabajo como modelo tenía fecha de vencimiento

30 diciembre, 2013 Compartir: |

abuela-mujeres-Mariana-podia-competir_CLAIMA20131228_0204_14 Es posible romper con un estereotipo? ¿Cambiar la imagen que los demás tienen de nosotros para que nos miren de otra manera? Durante veinte años mi trabajo fue ser mirada, deseada, admirada y quizás también criticada. Conseguí que las mujeres gastaran fortunas en las prendas que yo lucía, que los publicistas se disputaran mi imagen y los diseñadores imaginaran sus colecciones sobre mi figura. Un click aquí y otro allá, el mentón alto, la sonrisa enigmática, una mirada fija. Un perfil y el otro. Vuelta a empezar, ahora con otra ropa, otros accesorios. Más clicks. Las piernas infinitas asoman entre los pliegues de vestidos tan leves, tan costosos; las caderas que no deben moverse demasiado; la figura buscando ser sutil pero atrayente, tratando de crear una magia, invitar a un sueño y hacer que los demás crean en él. La seducción dura el instante de una pasada, de un extremo al otro, dar un giro y regresar, ahora sí con algo parecido a una sonrisa, una insinuación que flota en el aire y se desvanece. Las miradas se posan sobre mi cabeza y mi cuerpo y me envuelven; percibo que muchas de esas mujeres que están en la platea querrían tener algo de mí. ¿De mí? Pero, ¿quién era yo? Empecé a desfilar a los 17 años gracias a la insistencia de una amiga, porque hasta entonces era muy tímida y vivía encerrada en una íntima angustia. Mi madre y mi abuela eran muy hermosas y yo crecí pensando que nunca iba a ser como ellas. A los 13 años iba a las primeras fiestas y como medía lo mismo que hoy –1,75– nadie me sacaba a bailar. Además mis rasgos, fuera de los cánones de belleza de la época, no me ayudaban. Pero la mirada ajena siempre es misteriosa. Mientras frente al espejo yo me encontraba minúscula, había gente que me elegía para subirme a una pasarela, para fotografiarme, para lucir vestidos soñados. ¿Qué era lo que veían en mí? Entendía que se trataba de un juego de atracción al que me entregaba el tiempo que duraba un desfile. La pasarela facilitaba las cosas. Desde allá arriba, las modelos nos volvemos más intangibles, difíciles de alcanzar, por eso resultaba más fácil manejar la seducción, hay una distancia impuesta no sólo por el espacio y el ámbito, también por la idea de lo exclusivo que rodeaba al mundo de la alta costura. Ya no ocurre lo mismo. Me apena ver modelos que se transforman en mediáticas y se vuelven chabacanas, aceptan desnudarse cada vez más y reciben un trato acorde con esa actitud. Había planeado estudiar Psicología pero el ámbito del modelaje me capturó, tal vez porque me hacía sentir más segura. Y también porque me sedujo la posibilidad de viajar, tener mis ingresos, soñar con comprarme mi primera casa. Dejé el estudio para otro momento. Sabía que me estaba tirando a una pileta que una parte de mi familia, más intelectual, miraba con desconfianza. El ejemplo de mi abuelo médico que se la pasaba estudiando, tenía su peso. Pero ser mirada me daba seguridad y se convirtió en mi manera de estar en el mundo. Ignoraba entonces que no sería suficiente y que debía generar un contenido que le diera sustancia a mi imagen. Tuve la oportunidad de viajar a Europa, con una amiga, para que nos probaran allá. Los castings eran angustiantes, te hacían poner una pollera, si no te entraba, quedabas afuera. Una competencia feroz donde chicas de todo el mundo, bellezas singulares, ansiábamos un puesto en Yves Saint Laurent o en alguna otra casa. Hubiera resultado más fácil estudiar para un examen que someterse a esa prueba que de alguna manera te decía lo que eras o lo que no. No existía otra preparación que adelgazar, aunque nunca tanto como se exige ahora. El de la alta moda siempre fue un ambiente muy restrictivo, donde pocas conseguían llegar. A veces éramos 50 chicas, una más espectacular que la otra, y sin embargo, no las admitían. También allí me fue bien, aunque el precio fue crecer de golpe, volverme profesional lejos de mis afectos, sola y sin consejos. En veinte años de carrera presencié muchas transformaciones. Con el tiempo, los desfiles se transformaron en un show distinto, se mostraban más los cuerpos y se buscaba un tipo de seducción más provocadora y, si se quiere, más brutal. No me gustaba. Una vez planté en la mitad un desfile de Roberto Giordano. Había percibido que el público, más bien masculino, no participaba de una situación glamorosa creada por un diseñador, sino que miraba impúdicamente el paso de las mujeres que se mostraban con desenfado. Me dije hasta acá llegué. Me vestí con mi ropa y salí caminando por Gorlero, la calle principal de Punta del Este. Respirando en la noche el aire de mar, recuperaba algo más que la serenidad, me recuperaba a mí misma. Lo de adentro y lo de afuera como una unidad. No volví a participar en su desfile. Por supuesto, aquel otro fue difícil cobrarlo. Yo sentía dentro de mí un quiebre, una insatisfacción que no tenía nombre. Me había ganado un espacio y reconocimiento, por lo tanto era natural que siguiera ese rumbo. Entendí que lo difícil no era mantenerme allí, sino torcerlo para buscar otros en los que l a apariencia exterior no estuviera por encima de todo. Con la maternidad, experimenté la necesidad de salir de ese mundo, que se me empezó a figurar como algo vacío y sin sentido. El teatro surgió como la posibilidad de un cambio. En ese ámbito para mí desconocido me topé con el conflicto de no saber cómo era yo ni qué era lo que realmente me gustaba y quería para mi vida. Calesita-nacimiento-Paloma-genero-profesion_CLAIMA20131228_0108_14 Tomando clases con Julio Chávez volvía a aparecer aquella Mariana súper tímida de mi adolescencia, como si el tiempo se hubiese detenido entonces. El teatro ayuda muchísimo a buscar en uno las herramientas para componer un personaje. En mi caso, requería un esfuerzo suplementario: yo e staba en el proceso de construir mi identidad, esa que luego me permitiría darles sustancia a los personajes. Además, debía aprender a hablar, a decir un texto, a conocer el alcance de mi voz. Tuve que pasar a la palabra, lo que no es poco para quien se movió siempre en el plano de la imagen. Por otra parte, no podía dejar de sentir la mirada de mis compañeros que ya no era la de sonriente aprobación a la que estaba acostumbrada. La de ellos vigilaba y juzgaba mi trabajo sobre el escenario… Me tomó mucho tiempo comprender que los prejuicios que cargaban esa mirada –al fin y al cabo, yo venía de otro palo– no sólo estaban en los demás, también me pertenecían. Los prejuicios estaban dentro de mí y confirmaban los ajenos al punto de inhibirme y dificultarme la soltura en la actuación. A los dos meses de empezar las clases, del cielo me llegó el ofrecimiento de Eliseo Subiela para protagonizar su película No te mueras sin decirme adónde vas. Por segunda vez se me abrían puertas enormes para crecer profesionalmente, pero el desafío de salir de la moda y empezar a actuar aconteció mucho tiempo antes del que hubiera necesitado para estar a su altura. Hubo muchas idas y vueltas antes de la decisión final. Tenía miedo, no me sentía, ni estaba, preparada para tal responsabilidad. Por insistencia de Subiela, que aseguraba que el personaje siempre se le había aparecido con mi cara (otra vez la imagen imponiéndose), y conmovida por el tema de la película que trataba de la muerte y la reencarnación en momentos en que mi padre estaba muy enfermo, acepté. No sabía que me esperaba un torbellino. Un sueño dentro de un sueño en el que la ficción se mezclaba con la realidad. Acataba las indicaciones como una nena frente a un equipo de adultos experimentados que me introducían en una fantasía. Como si para mí sólo existiera ese mundo, viví la vida del personaje durante los tres meses que duró el rodaje, al cabo de los cuales desperté en mi vida real. En la Argentina, soporté con pesadumbre que mi trabajo no fuera tan bien visto como en otros países. Era esperable; por un lado las críticas se teñían del prejuicio de encontrar a una modelo ocupando un rol actoral protagónico y por otro, me pesaba la falta de experiencia. Sin embargo, en adelante se sucedieron los ofrecimientos para seguir actuando en televisión. A todos les dije que no, seguía intimidada, más que eso: aterrada. Perseveré en el estudio y continué trabajando como modelo unos años más. El trabajo era y es una herramienta importante en mi vida, un refugio en el que me siento invencible. En ese momento no me sentía libre, ni segura, prefería seguir indagando en las herramientas que me permitieran acercarme a la actuación en un sentido más profundo. En cambio, podía seguir viviendo de lo que conocía bien: el mundo de la imagen, la moda. Recién acepté aquellas propuestas para los cuales me sentí capacitada: Muñeca Brava en TV, teatro en Babilonia con Roberto Castro y Diego Peretti. De a poco y manteniendo el perfil bajo, iba aprovechando las oportunidades mientras aprendía a moverme cómoda entre las cámaras de televisión. Hasta que entré a trabajar en Pol-ka. La exposición que suponía participar de una tira diaria – Son amores –, con un rating no menor de 20 puntos cada noche, me puso de nuevo entre las cuerdas. ¿Era eso lo que yo quería? Cuando mi hija me comentó que la jorobaban en el colegio, comprendí los costos de ocupar lugares demasiado públicos y decidí alejarme por un tiempo. Asignaturas pendientes no me faltaban y la universidad era una de ellas. Me inscribí en Comunicación Social y al mismo tiempo empecé a producir un programa de entrevistas. Necesitaba abrirme a otros horizontes, manejar herramientas claras, formarme en un sentido más académico. Lamentaba no haber continuado los estudios después del colegio. Las modelos tenemos un tiempo con fecha de vencimiento y ese reloj determina la decisiones de cada quien. Podés buscar un nuevo oficio y prepararte para eso o quedarte con la nostalgia de haber vivido una época espléndida. Encontré un camino en las entrevistas. Escuchando, preguntando, me empezaron a sanar los relatos de otras vidas. Terminé mi carrera hace casi dos años. Los contenidos me dieron la seguridad que había anhelado siempre y que nunca antes encontré en la mirada del otro, cuando desesperadamente lo intentaba en mis años de modelo y después de actriz. Es que debía buscarla en mi interior, en la vocación hasta entonces esquiva, en la satisfacción de un lugar ganado por otros méritos que los de una figura agraciada. Sé que nadie olvida jamás que Mariana Arias es una modelo. Es lógico y está bien que así sea. Guardo para mí la felicidad intensa de saber que algunos, unos pocos más sensibles, me ven con los mismos ojos con que yo me veo ahora. Una mujer que, como Alicia, se animó a pasar del otro lado del espejo.

Fuente:   Clarín

comentarios 0